domingo, febrero 27, 2011

La concatenación de causas y efectos, o el cómo una sucesión de monjas nos guiaron

¿Qué vas a hacer hoy por la mañana?, me ha preguntado un cura de Perú. Pues me voy a ir con Boris, un cura de Ucrania, a hacer una excursión por las iglesias paleocristianas de la zona del Circo Máximo, he contestado con una feliz sonrisa. Una sonrisa feliz y optimista.

Como es lógico, este cura ha tardado dos segundos en unirse a mi plan para la mañana del domingo. El día anterior me había pasado yo un buen rato tras la comida buscando en Wikipedia qué iglesias había del siglo IV en esa zona de Roma.

Así que los tres nos hemos lanzado a una caminata en un día frío, gris y húmedo. Una hora después llegábamos a una iglesia de tamaño pequeño-mediano, cuya puerta estaba cerrada.

Habíamos hecho una caminata de una hora y la iglesia estaba cerrada. Y ya eran pasadas las diez, así que no había muchas esperanzas. Pero entonces ha intervenido Dios con su maravilloso cuidado por sus hijos. Por pura casualidad, había cerca tres personas esperando. Me he acercado a ellos, les he preguntado y me han dicho que la iglesia siempre estaba cerrada, pero que habían llamado al párroco y que iba a venir a abrirles la iglesia, porque estaban pensando en casarse allí y querían verla.

En menos de un minuto, llegó el sacristán (no el párroco) y nos abrió la iglesia de San Cesáreo en la Vía Apia. Nada más abrir la puerta, se nos descubrió el espectáculo de una iglesia primitiva, del siglo IV, ahora siempre cerrada, bastante bien preservada, y con infinidad de detalles como llenar una docena de posts. Los tres sacerdotes quedamos fascinados y recorrimos a nuestras anchas el vacío templo solitario.

Cuando salimos veinte minutos después, nos dirigimos a la siguiente iglesia de mi lista, la de San Sixto. Pero de nuevo todas las puertas estaban cerradas. Entonces la Providencia volvió a actuar. Porque cuando llegamos a este segundo templo, justamente estaba esperando cerca una monja dominica que nos indicó cómo hacer para que nos abrieran las monjas que vivían en el convento adyacente. Si hubiéramos llegado un poco antes o un poco después, no nos hubiéramos encontrado con esta dominica que esperaba un taxi, y nos hubiéramos tenido que marchar sin ver la iglesia.

Os ahorro las explicaciones del recorrido por la iglesia y el convento. Sólo os diré que si esta monja (la del taxi) no nos hubiera guiado acerca de cómo hacer para poder entrar, no hubiéramos conocido a la segunda monja (la que vivía dentro) que al despedirnos nos señaló dónde estaba la tercera iglesia de mi lista. La cual iglesia de ninguna manera la hubiéramos encontrado con mis escuetas indicaciones apuntadas en el papel que llevaba yo en mi bolsillo.

Como veis, fue una concatenación de causas y efectos para que pudiéramos entrar y ver todas las iglesias. Si uno solo de los elementos de la concatenación hubiera fallado, no hubieran continuado las otras causas. Hubiéramos hecho una caminata de una hora de ida y de otra hora de vuelta, para nada. Y el ucraniano no tiene buen carácter y no me lo hubiera perdonado. Mientras que hoy ha disfrutado tanto, que ahora cada vez que me ve me besa la mano.

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