martes, febrero 15, 2011

La tranquila vida del amanuense pacífico

No sé de dónde han podido aparecer, pero unas pocas gotas de agua me han provocado hoy un verdadero desastre.

Una de mis más pacientes y constantes aficiones de mi vida es la caligrafía artística. Afición pacífica y negra como la tinta. Afición de sutiles trazos mientras escucho música sinfónica.

Y hoy, precisamente, he acabado una obra que es una de las que más tiempo me han llevado hacer. Ésta en concreto me ha costado más de veinte horas acabarla. Lo sé porque, aunque la iba desarrollando a base de trocitos de tiempo, iba apuntando el tiempo que invertía en ella. No sólo han sido las veinte horas, sino los días y días que me ha llevado a ratos sueltos reunir ese tiempo. Pues salvo dos excepciones que he hecho en mi vida, todos los dibujos los he realizado a base de ratos libres tras acabar mi trabajo. Eso significa que las obras se eternizan, se prolongan en el tiempo como un río sin fin. Pero la caligrafía sabe de paciencia.

Y hoy, por fin, acababa la obra. Me quedaban exactamente diez minutos y ya la concluía. Cuando, de pronto, descubro que unas pocas gotas de agua habían caído sobre la mesa en la que apoyaba el dibujo.

Realmente el dibujo no entró en contacto con el agua de la mesa. Ni siquiera estoy seguro de que esas gotas estuvieran sobre la mesa. Lo único seguro es que usé un papel para apoyar la mano mientras acababa unos detalles en una iluminación lateral de estilo románico-abstracto. Un papel para apoyar la mano se pone cuando no se quiere que el sudor de la mano pueda manchar el papel blanco.

Lo que no sabía es que sobre ese papel es donde habían caído las gotas. Al apoyar mi mano sobre el papel, el agua entró en contacto con las líneas escritas a tinta que había debajo. Pequeños movimientos de la mano y del papel produjeron el desastre.

Cuando acabé de hacer mi trabajo, levanté el papel distraídamente y, de pronto, no pude dejar de ver el tremendo borrón de tinta corrida en pleno centro de mi dibujo. Veinte horas de trabajo quedaron con una gran mancha desagradable en su centro. Si hubiera sido en otra parte del dibujo, hubiera podido pintar encima. Pero en ese dibujo en concreto no me resultaba posible por la misma estructura de lo escrito y la distribución de las proporciones.

Hubo un momento de impacto, de sorpresa descomunal, de preguntarme una y otra vez de dónde habían salido esas gotas de agua. ¿Qué sucedió entonces? ¿Qué hice? Pues bien, eso os lo diré en el post de mañana.

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