martes, febrero 01, 2011

Un martes cualquiera de un año como cualquier otro


La foto es de hace tres años en Colombia.

Antes de que Hans B. Kung tuviera la descortesía de interrumpir mi serie de posts con su doctorado honoris causa, os iba a contar la vuelta del dentista aquel martes ya lejano, exactamente la semana pasada. Sí, nadie se acuerda ya de mis sufrimientos odontológicos. Pero lo cierto es que más que los variados intrumentos del inquisidor-dentista, aunque como ya conté mi torturador pertenecía al sexo femenino, como decía, más que esos instrumentos lo que me dolían de verdad eran los zapatos nuevos.

Al llegar al collegio descubrí que algún tipo de extraño rozamiento, hizo que chocara mi dedo gordo con el zapato de forma que me rompió los calcetines. O mejor dicho, esta vez también me rompió los calcetines. Eso ya me llevaba pasando varios días. Había pensado al principio que sucedía porque los calcetines eran viejos, cosa innegable. Pero entonces comprendí que no, que la culpa no provenía de senectud de los calcetines viejos, sino del zapato nuevo. Gran cosa en un juez es descubir quién es el culpable.

Jubilé esa misma tarde a los zapatos culpables, y el día transcurrió por los senderos bastante trillados del trabajo y la pizza de la noche.

A ver qué sueño esta noche.

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