martes, marzo 08, 2011

De niño recorría incansable los campos

De niño recorría incansable los campos alrededor de la finca que tenían mis padres a las afueras de Barbastro. Qué bonito eran esos campos. En primavera, eran un verdadero jardín espontáneo con decenas de miles de amapolas, margaritas, lirios y centenares de flores distintas.

Las libelulas sobrevolaban zumbando los pequeños estanques vecinos. Los almendros cuando florecían eran una verdadera explosicón floral. Alguna vez por los caminos salía corriendo un conejo. Había mariquitas, saltamontes, cienpiés, muchas mariposas. Era un lugar ideal para un niño con ganas de correr, de jugar, de explorar.

Aquellos campos me los conocía como la palma de la mano. Año tras año, fin de semana tras fin de semana, recorría esos lugares. Al final, eran como mi casa. Sabía donde estaba en ellos hasta la más pequeña de las cosas: una colina, un árbol, determinadas plantas.

Me dio mucha pena, cuando fui veinte años después, y me encontré que todo había sido completamente transformado, absolutamente todo. El tiempo no perdona. No sólo no correría más por allí ese niño, ni siquiera existían ya esos campos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario