martes, marzo 22, 2011

El deber, siempre cumpliendo el deber. Pero yo me sacrificare para que otros gozen de una buena imagen publica.

En mi viajes algunas veces me hospedo en casas particulares, otras en hoteles, otras en seminarios, algunas, muy pocas, en la residencia del obispo del lugar.

Una cosa que comprobe en la ultima residencia episcopal en la que me aloje, era la gran cantidad de cajas de bombones que le regalaban al prelado.

Yo habia hecho proposito de dejar el chocolate en este tiempo de cuaresma. Pero una caja de bombones Ferrero Rocher al lado del sillon donde veiamos las noticias, no era algo que ayudase.

Mientras estabamos juntos, un cierto sentimiento de pudor me embargaba y no abusaba. Pero cuando a otras horas iba y venia por el dichoso salon, mis dedos solian deslizarse hacia la indefensa caja.

El pobre obispo en tantos dias apenas habia decidido comer cuatro de esos bombones. Yo en menos dias, llegaria mas lejos.

Al principio, mis devaneos con el chocolate pasaron completamente inadvertidos. Pero pronto observe yo que la disposicion en cuadricula de los chocolates, delataba facilmente las ausencias. Si los bombones hubieran estado revueltos como lo estan las naranjas en una cesta, no se hubiera notado. Pero aquella condenada disposicion cartesiana de caja de huevos, delataba bien a las claras la situacion de los bombones caidos en combate.

Pronto los acontecimientos vinieron en mi ayuda. La segnora del servicio, una segnora de las Islas Fiji, puso una fuente llena de chocolates variados formando una montagna, la mayoria de ellos de la marcha Cardbury. No pocos de ellos rellenos de crema de naranja o con sabor a avellana.

Aquella desorganizacion del contenido de la fuente de cristal, de nuevo al lado de nuestros sillones, era perfecta. En aquel dulce monticulo, eran tan dificil notar quienes faltaban, quienes habian desaparecido tras la hora de la cena, mientras el obispo se entregaba a rellenar tediosos documentos. Que inocente. Que lejos de saber estaba el, cuanto iban a menguar sus existencias en este tipo de provisiones. Pero era mejor asi. Yo no podia permitir que aquellas cajas siguieran acumulandose de cualquier manera por la cocina. Tampoco podia permitir que a su edad las calorias se le pegasen en las rignoreras, en la tripa, en la papada, deteriorando su imagen publica. Eso si, haria mi labor como se hace toda obra de caridad: sin que el interesado se enterara.

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