sábado, marzo 05, 2011

El Tiempo II


(Sigue de ayer.) El espejismo del tiempo ofrece una falsa sensación de infinitud, hasta que nuestras manos palpan el muro final. Ese muro es tan grandioso que a su lado las pirámides no son más que torres de arena.

Por eso me resulta extraño que tantos teólogos que intentan ser modernos, no se percaten de este misterio que subyace al cristianismo: nuestra moral, nuestros dogmas, nuestros Escritos Santos, son para ese más allá, vienen de ese más allá, proceden de fuera del tiempo.

La Revelación supone esa gran división entre el más aquí y el más allá, entre el tiempo y el Eterno Presente. No tiene sentido hacer una teología de andar por casa. El cristianismo forma una unidad, un mensaje indivisible. Algunos me pueden preguntar: ¿por qué padre Fortea, usted cree en la existencia del demonio, de la condenación, de los exorcismos? Pues porque todo forma una unidad. O creo o no creo. No puedo acercarme con el martillo al tímpano catedralicio de la fe, e ir arrancando a golpes las secuencias, figuras y símbolos que no me placen.

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