domingo, marzo 27, 2011

La felicidad de los contadores

Otro domingo ha pasado. Oración en la capilla al comienzo del día, con gran fervor pidiéndole a Dios que fuera un día pleno. Lectura en mi habitación. Cierto pequeño trabajo de manualidades. Después he recibido a mis invitados a la hora de la comida. Les he enseñado el collegio. Paseo con mi amigo franciscano. Paseo largo bajo un sol primaveral, en medio del verdor de los prados del Parque Panphilii. Hemos visto tortugas en el estanque, barbos cuyas sombras se movían bajo las aguas, cisnes orgullosos. Sesión de resolución de dudas de latín. Un latín jurídico con un dativo que se resistía al doctorando. Ahora el día se acaba. Comienzo a sentir sueño. El día sucumbe, se me escapa. Los sueños me esperan. Sigo soñando cada día. Los sueños que han de ser soñados me aguardan. La parte onírica de mi vida me ofrece bastantes sorpresas. Otros sueños son irrelevantes, sin contenido. Pero no me digais que no resulta apasionante que tus recuerdos se combinen de forma aleatoria y que la imaginación de un modo completamente independiente a tu voluntad los desarrolle en forma de una historia. Sólo a Dios, el Gran Creador, podía tener la feliz idea de llevar a la existencia el mundo de los sueños. Una vez más una formidable idea.

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