lunes, marzo 14, 2011

Los enemigos, la malediciencia, la boca

¿Tengo enemigos? Pues sí. Con lo bueno que soy. Yo que soy feliz pastelito relleno de crema, -¿quién puede odiar a un dichoso pastelito?-, tengo quien querría aplastar su puño sobre mí desparramando todo ese dulce contenido de chantilly.
Lo que me sorprende no es la malquerencia de aquellos que están fuera de la Iglesia y odian todo lo eclesiástico. Eso se da por supuesto. Lo extraño son los malos sentimientos de aquellos creyentes, de aquellos seguidores de Cristo, en los que el Mensaje del Evangelio que debe vivir en ellos no es suficiente para evitar que se regocijen en mi mal.

Es triste reconocer que hay personas a las que conozco que hablan mal de uno a mis espaldas. Es triste poner rostro a esas conversaciones en la oscuridad. Los ecos de sus palabras afiladas acaban llegando a los oídos de la víctima. Cuantas otras palabras, por la misericordia divina, se perderán en las aguas.

Nunca debemos olvidar que lo que sale de nuestra boca, demuestra lo que somos. Si hacemos daño a alguien, deberemos purificar con sufrimiento esa obra. Recordadlo: Nunca hableís mal de nadie. Dios lo escucha todo, y aquél de quien habláis mal es su hijo, y os pedirá cuentas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario