lunes, marzo 07, 2011

Véase en el presente gráfico cómo envejece la mujer. Hoy le toca a la mujer.


Cuando era pequeño me encantaba jugar en un gran montón de arena que teníamos en una finca cercana a Barbastro. Me pasaba largos ratos haciendo hoyos en el montículo, después con una regadera los llenaba de agua. Pacientemente iba construyendo con esa arena mojada y un cubo, distintas edificaciones, que solían tener la invariable forma de cubo.
Acto seguido iba uniendo esas torrecitas con murallas, o aplanaba la tierra alrededor, o trazaba caminitos. Yo estaba con mi bañador sentado sobre mi montoncito de arena, bajo el sol, sin prisas, muy dedicado a mi labor constructora.
Es difícil volver a tener esa mente sencilla de un niño totalmente entregado a sus juegos. Esa mente que no controla el tiempo, que no se preocupa del mañana. Qué concentrado estaba yo en mis construcciones. Curiosamente, ninguno de mis castillos de arena ha sobrevivido al paso de treinta años. Ninguna torre, ninguna muralla.
En mi vejez, con Alzaheimer o con demencia senil, no descarto volver a construir castillos como los de mi niñez.

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