jueves, abril 28, 2011

Aquí estoy yo rezando en una capilla de la catedral de mi diócesis



Tras mis sustituciones en mi diócesis durante la Semana Santa, me marcho a Roma mañana por la mañana, una vez más la dulce Roma. Una ciudad que para mí es dulce como la miel.


Una ciudad que, insisto, para mí no es sólo un lugar geográfico sino todo un estado espiritual: la ciudad maternal, la ciudad de la fe, la Urbe de las grandes liturgias, la metrópoli del culto a Dios.


La ciudad que me acoge como una madre, la ciudad de los templos, la ciudad a cuya glorificación de la Trinidad me uno, me fundo.


Se acerca el día de la beatificación de Juan Pablo II. Para mí ese día va a ser un día tan grande, porque ese Papa fue algo muy grande para mí. Algo grande y entrañable.


Su sola imagen, la imagen de su rostro, orante o hablando, me llenaba de fervor. Su rostro me impactaba más en los últimos años. Inexpresivo, rígido, y no obstante irradiando algo que no tuvo en sus años más jóvenes.


Sé que es pueril lo que voy a decir, pero cuando murió, tuve la sensación de que el mundo había quedado incompleto, de que le faltaba una de sus piezas, uno de sus elementos esenciales.


Ah, he puesto nuevas imágenes en
http://elcanonigorampante.blogspot.com/

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