martes, abril 12, 2011

Esta foto es del padre Fortea cuando era pequeñito


Pobre Gadafi. De verdad que vivir asediado no es un buen modo de pasar la jubilación. Uno a ciertas edades se imagina los últimos días de uno mismo viendo al nieto dar sus primeros pasos en el jardín de casa, no en el salón mirando por los prismáticos si los rebeldes han avanzado doscientos metros más.

Uno, a ciertas edades, se imagina a uno mismo preguntándole al señor del servicio si ha sacado el perro (o el camello) a pasear. Pero no se imagina a uno mismo mirando de reojo hacia atrás y preguntándome si el señor del servicio hoy me va a arrear con la bandeja de plata en la cabeza.

Y es que desde Ceaucescu ya no se respeta a los tiranos. Antes, ser tirano tenía un prestigio. Había un cierto reconocimiento social, existía futuro en la profesión. Una profesión tan honrada como cualquier otra. Pero ahora ya no se respeta nada. Hoy lo puedo ser todo para mi pueblo, y mañana puedo acabar tirado en cualquier villa de Suiza.

Bueno, y eso suponiendo que tengas guardado un helicóptero en el jardín. Porque si eres uno de esos dictadores confiados, uno de esos que dicen: no pasa nada, mañana todo estará arreglado. Si eres uno de esos, a ver cómo te vas a suiza con las maletas llenas de las cuatro cosillas que hayas encontrado por casa. No es tan sencillo como coger el metro, y ponerte en la ventanilla del tren y pedir un billete para ti y tu mujer, en el caso de que hayas decidido salvar a tu mujer. Tres de cada cuatro tiranos deciden dejar a su mujer en palacio para que alguien cuide de la casa.

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