sábado, abril 02, 2011

La primavera nos acecha, se infiltra


Roma comienza a estar un poco llenita de turistas. Pululan por todas partes como una inundación. En los últimos días he notado que ha cambiado el tiempo, porque comienzo a sudar bajo mi sotana, y mi cabeza (hoy por primera vez) ha tenido que cubrirse bajo un sombrero.

La cola para entrar a la Basílica del Vaticano va haciéndose progresivamente más larga. El agua fresca de las fuentes va haciéndose más tentadora en mis paseos. La tesis avanza, atraviesa y yende los hielos helados de las tierras inexploradas de la Teología, o algo así.

A estas alturas del año, la verdad es que ya me apetece regresar unos días a España: mi casa, mis habilidades culinarias, mi sillón, las cenas con los amigos, los paseos por la Plaza de Cervantes, las largas conversaciones telefónicas con quienes no has hablado durante meses. Incluso estoy deseando sustituir en alguna parroquia o capellanía. Os parecerá extraño, pero voy a disfrutar como nunca del lugar donde me toque hacer de pastor durante dos semanas. Pasar de los libros a las personas. Pasar de las grandes ceremonias basilicales, a las pequeñas misas con una comunidad que celebra la fe con todas las limitaciones y el encanto de lo reducido.

También he leído hace unos días un comic que me regaló cierta persona, y que he guardado hasta ahora como quien guarda un gran licor para una ocasión especial. Se trata de una obra de la que soy fan incondicional: uno de los comics de Las Ciudades Oscuras. Una obra grandiosa, que (desde el punto de vista artístico) justifica la entera existencia de sus creadores. Nunca encontraba un día especial para celebrarlo con su lectura. Hace pocos días ya me decidí. El arquitecto de mi diócesis es un fan de esta obra de las Ciudades Oscuras. Desde aquí te saludo, Constructor Episcoporum (Contructor de Obispos). Sabes que admiro tu pericia. Sabes que yo me he dedicado a levantar otras construcciones inmateriales.

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