domingo, mayo 01, 2011

Beatus Ioanni Paulus II PP



Llegó el gran día tan esperado en Roma. De todos los confines la Santa Iglesia, han afluido al lugar donde está la roca de la que Jesucristo dijo: Tú eres la piedra. Y han venido para mostrar su cariño por un pastor, por un pastor de pastores, por un Sumo Sacerdote que fue un auténtico padre de las ovejas.

Cuando caminaba yo esta mañana en medio de los cientos de miles de personas con banderas polacas o enseñas con la palabra Solidarnocs, pensaba que si los viejos comunistas de 1920 o 1950 hubieran visto estas escenas, no hubieran podido creerlo: la Iglesia volvía a triunfar.

No hace falta decir que si los orgullosos nacionalsocialistas hubieran podido estar allí, hubieran pensado que el Evangelio era lo único que atravesaba las generaciones y las épocas. Sí, todo lo demás pasa.

Por eso debemos tener esperanza respecto al avance del secularismo, respecto al avance del fundamentalismo islámico. La Historia nos ha mostrado cómo formidables adversarios, más poderosos, más temibles que los actuales, hoy son un recuerdo. Frente a esos recuerdos, la Iglesia permanece con su Evangelio.

Lo de esta mañana ha sido maravilloso. Cuando uno ve esas masas de centenares de miles de fieles llenando plazas, avenidas, puentes, arremolinándose en cualquier lugar donde a lo lejos se pudiera divisar una pantalla gigante, aunque fuera al otro lado del Tíber, uno se da cuenta de que la Iglesia no es una fe más. Aunque los políticos de tantos países nos llevan repitiendo la cantinela de que la Iglesia es una fe más, una de tantas. Lo cierto es que la Iglesia es el Reino de Dios en la tierra. Sí, hay muchas fes en el orbe. Pero sólo una es el Gran Rebaño de Cristo bajo sus legítimos pastores. Sólo una.

Nosotros no somos una confesión religiosa más, somos la religión fundada por Jesucristo el Hijo de Dios. Nos sometemos a las leyes de cada nación y aguantamos a sus impertinentes políticos (en casi todas partes suelen ser impertinentes y petulantes), pero aunque hagamos ese ejercicio de paciencia cuando escuchamos sus sermones secularistas, en nuestro interior sabemos que sólo hay una religión verdadera, y que si pudieran darse una vuelta por el más allá, regresarían con la firme idea de convocar a los obispos de su país y preguntarles: ¿en qué puedo ayudarles en su misión?

Pero aunque el más allá está, de momento oculto, hoy la Plaza de San Pedro, la Via de la Concilizione y sus alrededores han sido como una expresión del Cielo, la reunión de los creyentes alrededor del altar con el Cordero.

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