viernes, mayo 13, 2011

Éste soy yo de pequeñito, cuando era un bebé: el pequeño Padre Fortea




Hoy he recibido una encantadora visita de dos religiosos. Mientras me dirigía a cierto sitio a devolver unos libros prestados, con uno de ellos he hablado largo rato: una persona joven llena de entusiasmo, de fervor, de ganas de servir al Señor por los caminos del mundo. Eso se le notaba, aunque no hubiéramos hablado más que del tiempo.

No voy a decir su congregación. Pero dado que la madre de uno de ellos es lectora de este blog, sí que diré que ese religioso se llamaba Marco.

El día, por lo demás, ha transcurrido plácido, agradable, inmerso yo en la lectura y análisis de libros y más libros que tienen relación con mi tesis.

Por la tarde, a cierta hora, me he marchado andando hasta el Vaticano para celebrar allí la misa y hacer mi oración de la tarde. Sea dicho de paso, dos personas de la India me han pedido si se podían hacer una foto conmigo en la Plaza de San Pedro. No tengo problemas con que la gente se haga fotos conmigo. Aunque sí que me molesta más, cuando después de detenerme tengo que esperar ocho intentos para que la mujer descubra qué botón es el que tiene que presionar.

En mis dos años de estancia en Roma he pasado por varias fases en cuanto ha celebrar misa: meses celebrando misa privada con frecuencia, meses celebrando en la basílica junto a la que vivo, ahora estoy en la fase de celebrar todos los días en el Vaticano, en el Altar de la Catedra.

Se puede celebrar misa en cualquier lugar del mundo, pero no es lo mismo levantar la vista y tener el Altar de la Confesión con el Baldaquino de Bernini delante de tus ojos. Sí, no es lo mismo. Hoy durante el sermón no podía evitar levantar discretamente la cabeza y mirar hacia lo alto de la cúpula, gigantesca, casi irreal, con las personas como hormigas en la barandilla de su base. Julio II, gracias. Ya lo dijo Rex Harrison cuando hacía de ti en El tormento y el Extasis (The Agony and the Ecstasy). Parafraseando venías a decir: espero que Dios reducirá mi tiempo de purgatorio viendo las obras que he hecho para su mayor gloria.

Tú, Julio, aquí en Roma, levantaste San Pedro del Vaticano. Yo, aquí en Roma, sólo he construido mi tesis. Y ni siquiera estoy muy seguro de que estos papeles impresos reduzcan mi tiempo de purgatorio.

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