viernes, mayo 06, 2011

La Capilla de Barceló en Palma de Mallorca y Bin Laden.





Lo bueno de vivir donde vivo es que hoy después de la comida me he dicho: voy a celebrar misa al Vaticano.

Así que he dedicado desde el final de la comida hasta las 3:30 a leer a Hans Ur Von Balthasar. Y cuando ha llegado la hora, aquí en el collegio se come a la 1:00, he cogido mi capello romano y me he ido al Vaticano.

No ha sido ninguna perdida de tiempo, porque vivo a menos de media hora andando, y porque tenía que rezar la Hora Nona a la ida, y el Oficio de Lecturas a la vuelta. Así que todo ha estado aprovechado.

La hora de la salida estaba fijada, porque así he hecho mi rato de meditación de la tarde en el Vaticano, y así a las 5:00 salía en la procesión rumbo al altar donde están las reliquias de dos Apóstoles.

Iba a salir de la Basílica, pero eso sí, no sin antes pasarme por el altar donde está el cuerpo del beato Juan Pablo II.

Es impresionante la cantidad de gente que está parada delante rezando, a cualquier hora, incluso una hora antes de cerrar las puertas del templo. Es tanta la gente, que han tenido que reestructurar la circulación de gente dentro de San Pedro para no colapsar el templo entero. Y la Basílica de San Pedro no es precisamente una ermita de pueblo.

Incluso una hora antes del cierre, tiene que haber tres encargados uniformados repitiendo: sigan adelante, sigan adelante.

Lo cual no me extraña, porque Juan Pablo II no ha sido un Papa más. Para los que hemos vivido toda la vida (por lo menos la que recordamos) bajo su pontificado, él es el El Papa, es decir, el Papa por antomasia. Es decir, no valen comparaciones. En mi corazón, todos los Papas posteriores ya sólo se medirán respecto a él. Se trata de algo, digamoslo así, sentimental.

Con lo cual no es que yo pueda decir si es mejor o peor que tal o cual Sumo Pontífice, es que en mi corazoncito, en mi mundo sentimental, él es El Papa. Además, la lápida es impresionantemente bonita en su simplicidad.

Sólo hay una cosa que yo hubiera sugerido y es que su tumba hubiera sido exenta. Un sepulcro que se hubiera podido rodear, tocar, arrodillarse ante él y poner las manos sobre el mármol. A mí me hubiera gustado un sepulcro en el que hubiera habido una estatua de tamaño natural, revestido para la misa, como durmiendo plácidamente, sonriente, aferrado a su cruz. No pierdo la esperanza de que cuando lo canonicen esta idea mía se materialice.




Más vale que vaya dejando instrucciones precisas respecto a mi sepulcro renacentista. No sea que acabe bajo alguna idea moderna amenizada por algún jarrón de cristal con flores de plástico. Desde luego si vais a poner sobre mis huesos algo como el engendro de la capilla de Barceló en la Catedral de Palma de Mallorca, prefiero que me echéis al mar como a Bin Laden.

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