sábado, mayo 14, 2011

Pues sí, soy yo con sombrero.



Esta foto la encontré por casualidad en Internet. La miré y dije: anda pero si soy yo. Resulta que me la había hecho un norteamericano que conozco, sin que yo me diera cuenta. Este tipo de sombrero es el único que pega con la sotana. Creo que ya os dije que me había comprado un capello romano.


Bueno, cambiando de tema. Mi habitación ya se va convirtiendo poco a poco en un horno, gracias a los conductos del agua caliente que pasan por debajo. Roma se ha ido llenando de turistas, un poco más cada semana, desde abril. El desánimo va cundiendo en los doctorandos. Éste es el periodo más duro del año. Cuando descubren que el curso se acaba y se preguntan cada día: ¿no podría haber hecho más durante el año?

Sea dicho de paso, durante este mes de mayo asistí a una ordenación. No diré ni el día ni el lugar. Porque fue una pésima idea, no tenía ni idea de que aquella ceremonia iba a durar casi tres horas. Tres horas inacabables. El celebrante principal a cada oportunidad que le brindaba el ritual, elegía siempre la opción más larga. Y el sermón, ¿qué diré del sermón? Sólo diré que me dormí dos veces profundamente. No es que me quedara traspuesto, no. Al menos fue un sueño profundo, reparador, que algo ayudó a que todo aquello acabara cuanto antes.

En mi vida he asistido a muchas ordenaciones. Pero hasta las ordenaciones episcopales que ha oficiado el Papa, he asistido a una, fue mucho más breve que ésta. Cuál fue mi cara al ver que casi llevabamos hora y media de celebración, y todavía no habíamos llegado al momento de la ordenación. Aquello fue desconsolador.

Pero bueno, no es de extrañar. En la guerra litúrgica, no se pueden ganar todas las batallas. A veces se gana, a veces se pierde. Pero pase lo que pase, lo importante es poder regresar a la sacristía al final.

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