martes, noviembre 05, 2013

La dignidad

Cuando voy a Estados Unidos sé que hay diócesis que exigen (por sistema), incluso para dar una conferencia un solo día, que el obispo de mi diócesis firme una carta en la que se asegure que nunca ha habido una denuncia de pedofilia. 

Siempre me he sometido a ese tipo de peticiones. Y he enviado las cartas que han pedido.

Pero hoy por primera vez he tenido a una diócesis que decir que no, que no me iba a someter a los cuatro documentos que se pedía que se enviaran firmados para dar un solo día una única conferencia en la diócesis. Era tal sucesión de declaraciones, juramentos y listas de preguntas que finalmente he dicho: NO.

Hubiera podido responder negativamente a todas las preguntas con toda sinceridad. Sí, en verdad que yo podía haber respondido que nada tenía que ocultar de todo aquello de lo que se me preguntaba. Hubiera recibido el permiso de forma automática. Pero he pensado en todos los sacerdotes de Latinoamérica que pedirán en el futuro ir a trabajar en esa diócesis. Y, en conciencia, he sentido que debía poner voz a su verguenza, a su sentimiento de querer no tener que responder a ciertas preguntas, y no poder ellos negarse.

No voy a colocar aquí esas preguntas. Pero el derecho a la intimidad es un verdadero derecho. La propia intimidad es un bien que la misma Iglesia es la primera que debe defender. Debemos defender la Ley de Dios, debemos defender la moralidad de los clérigos, pero, al mismo tiempo, debemos defender la intimidad de los seres humanos que, además, son sacerdotes.


Que un superior en una diócesis se crea con derecho a preguntar todo y a exigir la firma y el juramento a los que cree sus subordinados, eso es algo erróneo. Y el que aquí podía haber respondido a todo que no, lo dice aquí alto y claro por todos aquellos que tendrán que bajar la cabeza y someterse.

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