martes, noviembre 19, 2013

Obispos, santos, torres, cruzadas, mediocridad, diezmos, ayunos y canónigos


Lo del post de ayer fue un desahogo salido directamente del alma. La Iglesia que existe es maravillosa. Verdaderamente es la obra de Dios. Ahora bien, una cosa es la Iglesia que existe, y otra la que hubiera existido si todos se hubieran dejado regenerar por el Evangelio al 100%. Lo que vemos, aun siendo tan grandioso, no es más que la realización de una fracción del plan divino ideal.

En realidad, ni siquiera podemos afirmar que la diferencia que existe entre una pequeña ermita decimonónica y una gran catedral gótica, es la diferencia que existiría entre las dos realidades, la real y la ideal. Y no podemos decir eso, porque en realidad siempre podríamos imaginar una Iglesia universal mejor. Una Iglesia en la que los hombres fueran todavía mejores.


Entendiendo esto, vemos que la Iglesia real es la concreción en algún grado de ese ideal. Una concreción a medio camino entre un número infinito de grados superiores, y un número infinito de grados inferiores. Amo a la Iglesia como es. 

Pero qué distinta hubiera sido una Iglesia en la que todos sus sumos pontífices hubieran sido santos ascetas místicos. Al final, la Humanidad ha conocido el cristianismo en su versión de luz mezclada con sombras.

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