martes, diciembre 24, 2013

Cada persona es un Titanic que se encamina hacia su propio iceberg



La imagen de hoy es el más bello testamento que he visto nunca, el de Charles Lounsbury. Hoy seguiré por última vez hablando de este tema tan prenavideño como es la muerte. La muerte y mis paseos por los pasillos del hospital.

He paseado por tan bellos valles, por tan bellas montañas. Ahora paseo por el catálogo viviente de la patología humana. Encontrándome cada día con varios puntos finales, con dos o tres instrumentos que diariamente tocan la última nota de una partitura cuya música se retrotrae a 70 u 80 años atrás.

Os puedo asegurar que la muerte de cada ser humano tiene algo de obra de arte. Si uno lo ve este trance como el final de una partitura, cada persona acaba su paso por la tierra exhalando los últimos acordes de un modo que no puedo definirlo de otra manera que como una música única e irrepetible. A un nivel meramente estético, estoy convencido de que la muerte es algo mucho más grandioso que el nacimiento.


Cada ser humano es una novela viviente. Y el final es una obra de arte dentro de esa obra de arte.

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