jueves, diciembre 26, 2013

La carta del Padre Gueomar de Guedes


He leído con tristeza la carta del Padre Gueomar de Guedes, exponiendo sus motivos para dejar la Legión de Cristo; carta que se ha hecho pública hoy. Me gustaría hacer algunas algunas reflexiones públicas a su carta también pública.

Una congregación religiosa no se renueva aguando el vínculo de obediencia. La obediencia es un tesoro en la vida comunitaria de los consagrados. La diferencia entre hacer la propia voluntad y someterse a la del superior, marca una distinción entre los que han hecho votos y los que no.

Por otra parte, si uno observa algo mejorable en su propia congregación, hay caminos para que los superiores puedan poner remedios. Si no se confía en los superiores, siempre hay superiores de lo superiores. Hacer pública una carta llena de amargura, nunca es el camino.

El padre que ha dejado la Legión evidentemente ya no confía en sus superiores, ¿pero tampoco en el superior general que ha puesto el Papa? El Cardenal de Paolis es alguien totalmente ajeno a la Legión y que ahora tiene pleno poder sobre esa congregación. La autoridad de ese cardenal no deriva de la congregación de la que es superior, sino del Sucesor de Pedro directamente. La autoridad en la Iglesia es algo sagrado.

La Legión de Cristo, una de las más gloriosas congregaciones de la Iglesia, está bajo ataque del demonio. ¿Qué le alegraría más al Enemigo del Evangelio que hundir esa fortaleza de Cristo? El Enemigo no duerme. Una legión de soldados siempre está en lucha. También ahora. Ahora más que nunca.
La renovación de esa congregación vendrá de asirse más a los principios generales e imperecederos de los maestros clásicos de la vida religiosa: Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, el Kempis, San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Lisieux, San Benito.


Algunos quieren renovar la Legión humanizándola. Algunos quieren modernizar la congregación relajándola. Animo a todos los legionarios de Cristo a llevar una vida santa de oración y de apostolado ardiente. Les animo a reforzar, más que nunca, los anhelos de ser obedientes a sus superiores. La murmuración, la desconfianza, el juicio hacia los superiores destruyen la alegría de la entrega al servicio de Dios en ese camino, y en cualquier otro camino religioso.

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