sábado, diciembre 28, 2013

La falta de fe va dando paso a sentimientos más oscuros

En este blog he dejado constancia, no pocas veces, de como en España tanta película contra los sacerdotes, tanta serie de televisión anticlerical, tanta novela que nos pinta como monstruos, han dejado una marca inconsciente a veces, y consciente otras, de odio contra el clero.

Hoy he tenido otra muestra de eso, una más entre centenares. Estaba yo dirigiéndome a dar la comunión a un enfermo en el hospital. Iba por un pasillo amplio y espacioso. Cuando, en ese momento, me llaman al móvil. Mientras iba hablando por el teléfono, veo a una familia que llora la enfermedad del esposo y padre. El padre estaba más adelante en el pasillo, por el gotero que llevaba a su lado, era fácil deducir que tenía cáncer. Por las lágrimas de la familia que se había separado a llorar, no debía haber muchas esperanzas.

Al pasar por ese pasillo hacia la habitación del enfermo, la hija de unos cuarenta años me ve, y dice con fuerza y rabia refiriéndose a mí, pero dirigiéndose a su familia: que se vaya, que se vaya ese hombre.
A pesar de la anchura pasillo, y que yo estaba a diez pasos de distancia de esas tres personas, opté por dar, al momento, media vuelta y seguir mi conversación telefónica lejos de esa familia.


En los pasillos del hospital, cada día, veo muchas miradas de familiares de enfermos que lo dicen todo. Esas miradas valen más que un discurso. La gente normal desconoce cuales son los niveles de anticlericalismo que hay en este país. 

Cuando, a veces, uno escucha que un sacerdote ha sido insultado o atacado (conozco varios casos), piensan que son excepciones, que son exaltados. Pero se está incubando un odio que va a traer muy tristes consecuencias dentro de no demasiados años.

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