viernes, enero 31, 2014

Diferencias entre una clase y una conferencia

Hablando de mi viaje, me gustaría ofrecer algunos pensamientos por si son útiles a los profesores que me leen, pues algunos hay.
Una clase y una conferencia son dos géneros distintos. En una clase (de licenciatura o de doctorado) tienes el deber de profundizar en el tema tratado. En una conferencia, normalmente, se busca exponer ante los oyentes el panorama del tema del que has decidido hablar.
La clase permite trabajar el detalle al máximo. En una conferencia, evidentemente sería un fracaso quedarse a la mitad de la materia que el tema del título proponía.

En una clase, las preguntas no son un estorbo para el desarrollo de la materia, sino que forman parte del intercambio que se produce entre profesor y alumno.
En la conferencia los oyentes son muchos más. De manera que el intercambio es menor. Allí se va a escuchar al conferenciante. En una clase, no pasa nada si se emplean diez minutos de preguntas, respuestas, réplicas y contrarréplicas acerca del sentido de la palabra griega aion (αἰών). En una conferencia, forma parte del arte del ponente el evitar que la exposición embarranque en un arrecife cualquiera.

La conferencia tiene que poseer una cierta belleza en sus proporciones: la manera (a veces deslumbrante) con la que se hace entrar en el tema a los presentes (por muy especialistas que sean), el modo en el que se mantiene el interés, el final de la conferencia como un final musical, es decir, con una conclusión que suponga el coronamiento de una exposición.

En una clase, las cosas se retoman donde se dejaron. Todas las clases forman un continuum en el que se busca, ante todo, que los alumnos aprendan.
No estoy diciendo que la clase es para un público más selecto y la conferencia para un público más general. No. En ocasiones, en una conferencia, todos los oyentes son especialistas. La conferencia tiene más de obra de arte. La clase tiene más de diálogo. La conferencia expone un tema de un modo equilibrado, incluso estéticamente proporcionado, en el tiempo predefinido. La clase forma un tiempo continuo dividido en días. La clase puede descender al detalle, la conferencia presenta un panorama. Como se ve, son dos géneros.

Existe el riesgo de que un profesor convierta sus clases en conferencias. Buscando no ser interrumpido para ser alabado por sus alumnos al final. Este riesgo es bajo. Sí que es mayor el riesgo de que un conferenciante convierta su ponencia en una clase.

Lo que sí que es digno de evitar, es que el conferenciante lea su intervención de principio a fin. Se leen las citas, pero se supone que un gran ponente debe ser como el músico que improvisa a tenor de un tema principal. De manera que cada conferencia constituya una obra intelectual única. ¿Qué diferencia hay entre escuchar a alguien que lee o leer el libro en casa cómodamente sentado en el sillón con una taza de té al lado? El gran conferenciante enardece, aviva las pasiones, la pasión del conocimiento.


El profesor tampoco se sienta para leer unos papeles, sino para reflexionar conjuntamente. De esta manera, las clases se convierten no en una carga, sino en un placer. En un momento agradable, distendido, mucho más apasionante que la lectura de varios libros.

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