domingo, febrero 02, 2014

Van Eyck y su amor por las ranas

Cada ciudad del mundo tiene su propia personalidad. Phoenix (en Arizona) es una ciudad que respira amplitud, limpieza, luz y prosperidad. Boston refleja aristocracia y clase. Los Ángeles es la ciudad invisible, parece que no estés en una urbe y que simplemente al lado tengas a unos vecinos. Miami ofrece una dinámica impresión de riqueza y diversión, como si fuera un lugar donde todos sus habitantes siempre estén de vacaciones. Pero entre todas ellas siempre mi favorita ha sido Nueva York, esa Babilonia, ese Londres del Imperio Americano, esa Roma Atlántica.

Reconozco que los síntomas de cansancio se siguen acumulando en ese coloso urbano. Es como si el coloso fuera envejeciendo en poco tiempo, como si fuera consciente de que su destino es convertirse en otra ciudad más del planeta.


Pero, mientras tanto, Nueva York sigue siendo la ciudad coronada. La bellísima urbe de nevadas copiosas, de aire gélido donde se elevan columnas de vapor que surgen del suelo. La ciudad de bochornosa humedad estival y del asfalto ardiente. La ciudad de los judíos, los taxis amarillos, la Catedral de San Patricio, las estatuas clásicas y las inscripciones omnipresentes.

A algunos hombres les ha sido dado amar con pasión un lugar de la tierra en concreto, a mí se me ha concedido amar a esa ciudad.

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