lunes, marzo 03, 2014

Aquí estoy yo


Hoy me han sacado las grapas de mi operación. Había preguntado a distintas personas si dolía o no cuando te sacaban las grapas. Y había obtenido muy diversas respuestas. Alguna muy autorizada me aseguró que sí, que dolía.
Mientras aguardaba en la sala de espera, me consolaba pensando en la tortura del toro de Falaris, del siglo VI en Sicilia. Me consolaba pensando qué era mi futuro sufrimiento con las grapas frente a ese suplicio de los griegos.

Cuando me ha llegado el momento, me he aferrado con las dos manos a la camilla sobre la que estaba tumbado. Entonces me ha dicho el doctor que eso me iba a molestar un poco. Cosa inútil, pues ya antes de sus palabras me había agarrado bien a la camilla. Curioso verbo, molestar. Me molesta el zumbido de un mosquito, me molesta que mi madre me recuerde que debo cenar menos, me molesta el calor del verano. 

¿Era, realmente, ése el verbo que se adecuaba a esa realidad? Molestar dícese de lo que causa fatiga, perturbación o desolación. Algo me decía que las grapas siendo arrancadas de mis suaves carnes me iba a producir algo más que fatiga o desazón. Pero, nada, allí estaba yo, afrontando mi destino.

Cuál ha sido mi sorpresa, cuál ha sido mi incredulidad, cuando he comprobado que quitar las grapas no me ha dolido nada de nada. Absolutamente nada.
Cuando ha acabado, me han dado ganas de decirle: siga por favor.


No tengo ni idea de cuál ha sido la razón, pero no he sentido dolor alguno. Yo creo que la explicación de este episodio no radica en otra razón más que en la reciedumbre de mi carácter mil veces curtido en las refriegas de la vida.

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