domingo, marzo 09, 2014

El Cardenal-Infante Fernando de Austria o el peso de un destino abrumador

Cada vez que entro en el obispado de mi diócesis, veo ante mis ojos el escudo del Cardenal-Infante Luís Antonio de Borbón. En la historia de España ha habido dos cardenales-infantes. El primero fue el cardenal Fernando de Austria. Lo metieron en el estado clerical sin vocación, de niño. El pobre no tuvo ni voz, ni voto. Con diez años, recibió el nombramiento de arzobispo de Toledo. Ciudad en la que no llegó a entrar como obispo nunca, pues se dedicó a cuestiones de Estado. Sus pecados posteriores de la carne debieron ser vistos con mucha misericordia desde el Cielo. Porque el pobre nunca mostró interés alguno por la vida sacerdotal. 

Al Señor no le gustó, sin duda, que se hiciera esta mezcla de su santa religión con las cosas del César: el pobre Fernando murió a los 31 años. Su padre, el rey, debió pensar que le hacía un grandísimo honor dándole la archidiócesis más importante de España, y no se dio cuenta de que le daba una maldición. Fue una víctima. Eso sí, un hombre con fe, que reconocía sus pecados. Dejó limosnas para que se celebrasen doce mil misas por su alma.


Los pecados y tejemanejes de esa época sí que tenían fuste. Y que ahora todavía haya gente que se queje de los curas. Después están los tradicionalistas que tienen una visión idílica del pasado; almas benditas y cándidas. Yo no quiero que nadie peque. Pero reconozco que en esas épocas gloriosas del catolicismo español, hasta los pecados eran pecados de tomo y lomo.

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