lunes, marzo 10, 2014

El Cardenal-Infante Luis de Borbón o la voluntad de imponerse al destino


Ayer hablé del cardenal infante Fernando de Austria, hoy quiero escribir del segundo y último cardenal-infante Luís de Borbón, cuyo escudo permanece desde hace siglos sobre el obispado de mi diócesis. Con ocho años recibió el nombramiento de administrador de la archidiócesis de Toledo. Y pocos años después, recibió igual nombramiento de la archidiócesis de Sevilla. Desde el principio manifestó que no tenía deseos de seguir con los nombramientos que había recibido. Y con veintisiete años hizo algo muy laudable, se plantó y dijo bien claramente que no deseaba continuar con esa vida eclesiástica que no había elegido. Además, expresó sin ambages que aquella renuncia la hacía por motivos de conciencia.

Luis fue como Fernando una víctima de las ambiciones de los hombres que mezclan lo sagrado con lo profano. Pero Luis se impuso al destino que le habían marcado. Y vivió una larga vida como laico, buen esposo y amante padre de sus hijos.

Uno no puede evitar fantasear imaginando al apóstol Santiago o Bartolomé, preguntándole a Jesús acerca de estos dos cardenales infantes. El bueno de Jesús sentado junto a una barca, comiendo unos pescados y una hogaza de pan, frente a estos personajes de vestiduras de seda, condecoraciones y pelucas.
San Pedro (que, sin duda, no era un hombre carente de humor) podría haber dicho: todo esto parece sacado de una novela de Umberto Eco.

La literatura no es posible sin drama, y el drama no es posible sin el pecado. Todas estas mezclas inmundas de lo espiritual con lo terreno son deleznables, pero constituyen el paraíso de las grandes mentes (creyentes y ateas) que se han asomado a los siglos pasados simplemente para evaluar cómo es la naturaleza humana combinada con los preceptos celestiales de un reino que no es de este mundo. Ojalá que no hubiera habido nunca pecado en el mundo.

Pero no podemos dejar de admirarnos ante las formidables posibilidades estéticas que ha adquirido el pecado en sus millones de combinaciones en estos dos millares de años de cristianismo. Una historia deleznable y apasionante.

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