miércoles, abril 16, 2014

De verdad que no hay nada como el discurso políticamente correcto. Es tan bello.


La mentalidad progresista del marxismo reconvertido a ecologismo ha contagiado de buenismo a algunos clérigos. El programa de los más buenos que el pan se podría concretar en siete medidas. Siete medidas que no he copiado (aunque lo parezca) del programa de ningún partido concreto. Aunque varios tienen un programa muy parecido:

Primera medida. Si por decreto anulamos todas las deudas, ¡todo el mundo dejará de tener deudas! ¿Pero cómo esto no se le habrá ocurrido antes a alguien?

Segunda medida. He observado que a la gente le gusta tener dinero. Pues demos al manubrio de la máquina para hacer dinero. ¿Por qué no dar cinco millones de las antiguas pesetas a cada ciudadano? ¿Sería ilegal esa medida? ¿Acaso el gobierno no debe buscar el bienestar de los ciudadanos? ¿No es bello darle al manubrio y ver la cara de felicidad de los votantes?

Tercera medida. Es muy feo y fascista eso de no dejar entrar a la gente en un país. Mañana mismo hay que decir en el telediario que todo el mundo puede entrar en el país a quedarse. El que se opone a esto es una mala persona sin corazón. ¿Regulación? El que quiere regular es porque no tiene sentimientos.

Cuarta medida. Por eso, a partir de ahora, el país se regirá no con la cabeza, sino con los sentimientos.

Quinta medida. Ésta es para reactivar la economía: quitar a los ricos para dárselo a los pobres. Esta medida siempre ha probado ser muy incentivadora de la iniciativa privada. Yo la llamo la política de podar a los ricos, para que después crezcan las ramas con más vigor.

Sexta medida. Llama fascista a todo el que se oponga a este programa. El verdadero progresismo tiene que saber llamar a sus adversarios por su verdadero nombre. Encima si es una gorda con rulos y batín, con el pan bajo el brazo, la que grita FASCISTA a un honrado y sensato senador que entra a su coche, eso resulta muy convincente.


Séptima medida. Siempre que quieras que se hable de otra cosa en los telediarios, invéntate algún conflicto con la Iglesia. Quítale un par de catedrales. O diles que van a tener que pagar un impuesto por ayudar a los pobres. Impuesto de caridad, por ejemplo. O presenta un proyecto de ley por el que los obispos tendrán que hacer un juramento de buenos ciudadanos, o de respeto a la Constitución, o de acatamiento de la democracia. También les puedes obligar a pedir públicamente perdón por algo que ocurriera antes de que hayan nacido, o por la cruzada albigense, o por la caída del Imperio Romano. 

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