viernes, abril 18, 2014

Hay que reconocer que Rowan Williams tenía clase. En momentos como éste, no me gustaría hacer comparaciones.


Leí ayer un artículo de un ex sacerdote, Antonio Aradillas, que contaba que un compañero suyo, un cura-obrero de los años 70, estuvo hablando con su obispo y éste le pidió que le enseñará las manos. Y que, al ver lo encallecidas que estaban por el trabajo, le dijo que con unas manos así no podría celebrar misa.

Gracias, Antonio, por el relato. Realmente, te lo agradezco. Hay pocas cosas que nos alegren tanto la jornada como este tipo de relatos de ciencia-ficción eclesial. La carcajada mía fue estruendosa, casi sansónica.

Vamos a ver, vamos a ver. No dudo, querido Antonio, que alguno te haya contado esa historieta. Pero en los años 70 y 80 era más fácil que el obispo (o el mismo cura-obrero) hubiera sufrido un éxtasis, una abducción extraterrestre, una bilocación, o lo que sea, que no que le sucediera un episodio como el que relatas.

El imaginario progresista eclesial setentero, está poblado de ese tipo de obispos-inquisidores al estilo de la mejor tradición hispano-cinematográfica de los años de las mejores subvenciones del Departamento de Cultura del PSOE. Pero aunque en el cine y las series son muy frecuentes (casi imprescindibles), encontrarlos en los 70 y 80, era tan difícil como que el espantapájaros de Dorothy (en el Mago de Oz) encontrara su cerebro.


Querido Antonio, estoy completamente seguro de que te contaron esa historia en alguna cena de colegas. Pero su historicidad es incluso inferior que la El Caballo de Troya de Benitez. Pero tranquilo, de buena voluntad también vive el progresismo. 

Por favor, no dejes de contarnos historias como ésas. No sabes cuán felices haces las sobremesas de los tradicionalistas extremos nutriéndolas con risas, al contar episodios nacionales como esos. Sencillamente, queremos más.

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