jueves, mayo 15, 2014

Esta foto es en el monte Tabor


En el viaje a Israel, uno comprueba una vez más que el odio mueve al odio. Que el odio provoca más odio, como si se tratara de la sangre recorriendo venas y más venas. Como si una triste sucesión de causas y efectos se prolongase sin que veamos dónde puede estar su fin.

Para no aumentar más la animadversión, hice propósito de no contar cinco anécdotas muy significativas de las que fui testigo, significativas pero muy tristes. Cinco anécdotas reales pero que no construirían el amor.

Baste decir que creo que en Israel va creciendo la facción de los judíos más radicales y llenos de rencor hacia los occidentales. De esas cinco anécdotas, tres son respecto a sacerdotes ortodoxos. Sólo quiero decir que en Israel uno comprueba que el ecumenismo es un empeño esencialmente católico.


Para acabar este post, quiero recordar una pegatina en un autobús de peregrinos cristianos donde decía una gran verdad: Nadie pertenece más a este lugar que tú

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