sábado, mayo 17, 2014

Más sobre mi viaje a Tierra Santa


En la foto estoy bendiciendo a un grupo de católicos indios que me pidieron que lo hiciera. Fue en la puerta de la iglesia de las Bienaventuranzas.

Tres viajes he hecho en mi vida a Tierra Santa. En el primer viaje no llevé un mapa. Resultado: no tenía ni idea de donde estaba. Me daba la sensación de que el autobús nos llevaba de un lado a otro como haciendo círculos sobre el territorio de Israel. La sensación no era del todo inadecuada, pues ahora sé que dimos muchas vueltas alrededor del Mar de Galilea. Éste fue un viaje en el que sufrí una gran aridez. Ningún lugar me recordaba lo más mínimo a la época de Jesús. Ya me esperaba algo así. Lo que no me esperaba era que en esos lugares mi aridez fuera total. Hubiera sentido más devoción en cualquier iglesia tranquila de mi diócesis, que en aquellos lugares de bullicio llenos de gente.

En mi segundo viaje, fui a dar unas conferencias sobre tres versículos de la Bíblia. Sí, varias conferencias sobre tres versículos muy concretos, y sin salirme de esos versículos. Ése había sido el encargo, y el público, además, estaba compuesto de curas, frailes y religiosas, así que no podía ir más allá del tema que se me había encargado. En ese viaje me centré en conocer Jerusalén. Paseos y más paseos, todos los días. Pasé mucho tiempo en la Iglesia del Santo Sepulcro haciendo oración personal, a solas. Fue un viaje muy aprovechado en lo espiritual, pero totalmente focalizado en esa iglesia.


Mi tercer viaje fue diverso de todos. El grupo era fantástico. Un grupo de gente creyente, alegre, personas bondadosas con las que era un placer ir en autobús, comer y bañarse en el Mar Muerto. Esta vez sí que recorrí el mapa del Evangelio mentalmente. Esta vez sí que supe donde estaba. Además, traté de hacer oración en el autobús, en las iglesias donde íbamos, en todas partes. Fue el mejor viaje de los tres.

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