viernes, junio 20, 2014

Los católicos tenemos que empezar a aprender a decir: No, Majestad


Siempre he escuchado en los vídeos que el rey Juan Carlos I juró guardar lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional. Pero reconozco que hasta hoy no había leído cuales eran esos principios. El II Principio, justo después del primero que consagra la unidad de la patria, reza así.

La Nación española considera como timbre de honor el acatamiento a la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que inspirará su legislación. 

El juramento que le pidió el Presidente de las Cortes fue por Dios y sobre los Santos Evangelios. La corona y el cetro estaban allí, sí. Pero también estaban la cruz.

La cruz de Cristo, sus Evangelios y como testigos los sucesores de los Apóstoles allí mismo. Al acto de proclamación siguió un reconocimiento público, comunitario, oficial, de la soberanía de Dios sobre todos los reyes y sobre el reino: la santa misa.


Ahora todo eso no es posible. Soy el primero en reconocerlo. ¿Pero por qué no es posible? Porque nos hemos dejado comer todo el terreno. Porque durante los últimos cuarenta años nos pareció que retroceder era lo natural. Hay que hablar de la supremacía de Dios sobre todas las cosas como lo más natural del mundo, porque lo es. 

Sea dicho de paso, no ha habido ni una mención a Dios en el discurso del nuevo rey, Felipe VI. Él es muy libre de hacerlo, como yo soy muy libre de escribir este post.

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