domingo, junio 15, 2014

La Mano de Dios


-Si Dios existe, debería habernos castigado. Mira lo que hemos hecho con su iglesia. Ahora es un almacén.

El miliciano miró al chico joven que sentado sobre un tronco, dibujaba sobre la arena del suelo con una ramita seca. El chico joven con total inexpresividad repuso al cabo de unos instantes:

-Dios no tiene prisa.

-No eres culpable. Esas ideas religiosas, chaval, te las ha metido en tu cabeza tu madre.

-No tengo madre. Aunque sí que tengo una madre.

-Nuestra única madre es esta guerra –musitó el desencantado miliciano.

-Dios ya ha decretado el fin de esta guerra.

-¿Y cómo, si puedo saberlo?

-Concediendo el don de la invencibilidad a un hombre cualquiera. Después, portará el cetro durante casi cuarenta años. Ya está sentenciado. Durante ese tiempo, el Evangelio será la ley suprema de esta nación. Esta iglesia será limpiada, reconstruida ladrillo a ladrillo. Los cánticos volverán a resonar en ella y el incienso a rodear su altar. Ya está sentenciado, no podéis hacer nada.

El miliciano lanzó una gran risotada que resonó en ese campo de olmos. 

Después continuó:

-Muchacho, hizo bien tu padre en llamarte Ángel. Pero eres un ángel loco. Por eso te dejo en paz, tranquilo.

Pero el miliciano no debía tenerlas todas consigo porque añadió entre risas:

-¿Tienes alguna prueba que darme?

-La realidad será la prueba.

El miliciano, por reafirmarse en sus ideas, se levantó y, desde la entrada de la iglesia, gritó a Dios:

-Si estás ahí, sal. No tengas miedo.

El chico siguió escribiendo en el suelo. Después le dijo al miliciano:

-No tiene miedo.

-Entonces que salga.

-Entonces, tú tendrías miedo.

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