lunes, junio 09, 2014

Un llamativo error de protocolo en una universidad del Opus Dei.


Como a lo largo del año doy no pocas conferencias, en este blog, varias veces, me he dedicado a señalar los errores más comunes que se suelen cometer tanto por parte de los conferenciantes, como por parte de los presentadores del conferenciante. Hoy voy a señalar uno llamativo.

Y es que acabo de ver un vídeo de la conferencia de Monseñor Ganswein en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz en Roma. Tengo entre sus profesores a algunos conocidos. Pero con todo cariño os quiero señalar que habéis cometido un fallo (bastante grave) de protocolo.

El error es que no se invita a nadie a dar una conferencia y se le coloca a un lado de la mesa. Es decir, si en la mesa de la presidencia hay tres asientos, el conferenciante SIEMPRE es colocado en el centro. Eso es así aunque en la mesa esté presente alguien más importante que el conferenciante. Eso se hace así por dos razones.

La primera razón, por pura cortesía. El conferenciante es un invitado. Razón por la cual el anfitrión le coloca en el lugar de honor. De lo contrario es un modo de decirle con los hechos: tú eres menos importante que yo. Resulta muy complicado, casi siempre, saber quién es el más importante en una presidencia durante una conferencia académica. En el ejército, no es así. Siempre está claro el rango jerárquico. Pero en el mundo académico, no. Por eso, la costumbre ha acabado por reservar el centro al conferenciante.

La segunda razón, durante una conferencia el centro del acto es el conferenciante. Resulta lógico no desequilibrar visualmente el acto. Si el conferenciante es el centro, lo lógico es que hable desde el centro.
Estas dos razones me parecen más que suficientes y no hace falta insistir más. 

Pero quisiera añadir una cosa más para aquellos que pertenezcan al mundo académico y que me estén leyendo: yo siempre aconsejo dejar sólo al conferenciante en la mesa central. Además de que se escucha muy mal una conferencia desde el asiento de al lado, los que están sentados al lado, al cabo de una hora, se dedican a mirar al público cada vez con menos pudor, cada vez más aburridos. El factor de dispersión de la atención que supone una sola persona sentada al lado del conferenciante, es notabilísimo e inevitable.

Siempre aconsejo que una vez que el conferenciante es presentado, el presentador o los presentadores desciendan a la primera fila.

Otro consejo, el conferenciante novel está tan nervioso que prefiere está de pie. Cuando un conferenciante es primerizo, prefiere gesticular, mover las manos, estar de pie y cosas por el estilo. Pero cuando se invita, por ejemplo, a un profesor muy importante que da muchas conferencias, normalmente, suele preferir estar cómodamente sentado en una mesa. Pues va a dar su conferencia tranquilamente, prefiere tener sus notas a la vista sobre una mesa, que siempre es mejor que un atril.

Por supuesto que esto depende más del conferenciante, ni mucho menos es una regla absoluta. Pero dar una conferencia sentada ofrece una imagen de serenidad. Un conferenciante de pie siente más la tentación del gesto. Un conferenciante sentado tiende a pensar que lo único que vale en su conferencia es la palabra. Lo cual es así. Una gran conferencia académica debe fundamentarse totalmente en el contenido, nunca en lo que rodea al contenido.

Recuerdo con estupor de admiración las conferencias de Borges. Su tono era monocorde, el más monocorde del planeta tierra. Su gesto era inexistente en esa cara inexpresiva. Sentado apenas movía un músculo. Pero la palabra… Su palabra era la más fascinante que se podía escuchar en ese momento en el mundo. Mientras vivió, los que le invitaran podían estar seguros de estar invitando al mejor conferenciante del mundo. 

Curiosamente, muchas universidades, pudiendo invitar a Borges, que gustosamente hubiera acudido, prefirieron invitar a otros sujetos de los que hoy ya no recordamos ni el nombre. Qué paradoja. Es lo que llamo la Paradoja de la exaltación de los memos. Muy común, por otra parte.

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