jueves, junio 26, 2014

Vanidad de vanidades


Mi trabajo diario en el hospital. La ancianita que no deja de agradecerme mi visita, pero cuya demencia resulta palpable. Quizá fue una persona con una interesante vida. Pero resulta triste comprobar que esa silla, aquí o en el hospital, va a ser su destino durante sus próximos diez o quince años. Su mente tampoco parece que tenga otro horizonte que el de irse apagando.

Su compañera habla con más dificultad. Una mujer muy religiosa. Su mente también ha entrado en un ocaso irreversible. Me besa la mano.

En otra habitación me espera una señora muy agradable, pero ya lleva mes y medio en el hospital. Su rodilla no acaba de curarse. Ya lleva cuatro operaciones. Es muy amable conmigo, pero su rostro ha perdido la esperanza del primer medio mes.

En otra habitación, una señora angelical. Hoy la he encontrado peor, devolviendo. Podría seguir el recuento de vidas a las que me asomo. Son ancianos, porque los jóvenes nunca piden que se les lleve la comunión. Me da pena ver cómo el final de la vida de los seres humanos, no importa lo fascinantes que fueran, en los últimos años son una batalla que se libra dentro de los propios órganos, sin que dé tiempo para más. Una batalla que no deja tiempo para otras ocupaciones. Una guerra definitiva tan absorbente que no deja ni tiempo, ni ganas, para ocuparse en otros asuntos.


Yo sí que he aprendido la lección -la aprendo, incluso, cada día-, y tengo una percepción del tiempo casi tangible. Hace años que veo pasar el tiempo entre mis manos como agua. El reloj de arena lo tengo ante mis ojos. 

No voy a decir que aprovecho muy bien el tiempo. No. Pero, al menos, soy consciente. Tampoco tengo la sensación de que pase rápido. No, tampoco tengo esa sensación. Más bien la contraria. Quizá porque acaricio mucho el fluir de las horas. Nunca se le acaricia demasiado.

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