domingo, julio 13, 2014

De mi última visita a El Paular



















Qué maravillosos debían ser esos  monasterios de cartujos con más de un centenar de monjes. Hermanos legos laboriosos caminando en silencio por los claustros, trabajando los huertos, preparando las comidas, lavando la ropa. Sacerdotes encerrados en sus celdas, dedicados a la oración profunda como trabajo. Saliendo sólo para la misa conventual y para otros actos del culto divino. Grandes actos de culto divino.

Y en el caso de El Paular, ese retablo gótico que es un libro abierto, un libro de imágenes sagradas. Y detrás, como corazón del monasterio el transparente. Así se llama al espacio diseñado para colocar en su centro la custodia de plata de varios kilos de peso. Ese espacio es un sueño barroco, un exceso, una selva.

Todo al servicio de un centro: la Eucaristía. Dividido, además, el espacio entre una parte donde debían colocarse los legos y otra más pequeña para los padres. Los legos arrodillados y postrados ante la puerta de acceso a ese increíble Sancta Sanctorum. Los sacerdotes arrodillados alrededor de Jesús-Eucaristía.

Me fije que voluntariamente se creó ese espacio para que la custodia esté en la penumbra, rodeado de velas. Mientras que la luz de sol se hace poderosa en lo alto. Como si abajo tuviéramos el Misterio en la penumbra, y en lo alto la Luz celestial.


Qué mundos fueron esas cartujas y otros centros monásticos. Los centros que irradiaban espiritualidad a toda la Cristiandad. Los baluartes del espíritu para toda una civilización en la que reinó Cristo. No de un modo pleno y perfecto, pero de un modo muy distinto al que nos muestran las películas de una época depravada.

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