jueves, julio 03, 2014

Doy gracias a la vida que me ha dado tanto


He leído vuestros comentarios a mi último post. Respondo a un lector diciéndole que mi último escrito se refería al pasado, no al futuro. Llevo varios días dándole vueltas al sentido teológico de una sangrienta lucha que tuvo lugar sobre suelo español.

He leído en otro comentarista esta pregunta: ¿Por qué Él no ha detenido las balas que han matado a los inocentes?

Sí, hermano, tu pregunta no es sin sentido. Tiene que haber una razón. Pudo hacerlo y no lo hizo. Luego tuvo que haber una razón. Tu pregunta de ningún modo me parece sin importancia. De hecho, buena parte de mi humilde reflexionar teológico durante tantos años, lo que ha intentado es responder a esa pregunta.

Otro comentarista escribía:

No hay NADA decretado, Dios ama tanto a la Humanidad que ha dejado a todos la libertad, el que dispara la bala no es Dios ni es Él quien dirige la bala, sino el tirador, el viento y demás condiciones climatológicas que Dios mismo entregó al hombre con libertad.

Estimado Francisco, desde el momento en que alguien posee un poder infinito y conocimiento perfecto del futuro, créeme, en cierto sentido todo forma de un gran supremo decreto. Si eres libre, es porque se ha decretado que seas auténticamente libre. Precisamente porque Dios ama tanto a la Humanidad, es por lo que pone límites al Mal. Y, a veces, esos límites son tan férreamente duros como el Mal. Me hablas del viento. Hace más de un año dediqué un post a explicar, por ejemplo, como Dios puede cambiar un imperio sólo con el canto de un grillo.

Humanos de todo el mundo, sois libres, enteramente libres. Vosotros forjáis la Historia. Pero, creedme, en las manos de Dios está el surgir de los imperios y el Apocalipsis, la vida de los héroes y el fin de la vida de los héroes, la salud y la enfermedad de los tiranos. Él fulmina y él vuelve invencible hasta que se cumpla su decreto. Él mueve a los hombres a construir una catedral y Él permite el terremoto que la devolverá a la tierra.

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