jueves, julio 17, 2014

Hay un momento dado en que uno descubre que ya no hay marcha atrás


No quiero en este post repetir nada de lo escrito ya en posts anteriores, pero sí que deseo cerrar el tema que planteé ayer sobre China. Y lo quiero cerrar con esta cuestión: ¿se puede hacer algo para detener el círculo destructivo en que ha entrado la economía mundial?

La respuesta es no. Por primera vez lo digo bien claro, ya no se puede hacer nada. El tiempo de los remedios pasó.

Si Europa y Estados Unidos se unieran en un plan proteccionista sin precedentes a nivel global, eso provocaría evidentemente (entre otras cosas) una caída sustancial de la demanda de productos chinos. Eso supondría cerrar empresas en el país asiático, paro, inestabilidad social, protestas y finalmente la fractura del sistema político actual en China.

Es lógico esperar que China no esperaría ese escenario con los brazos cruzados, como si fuera su destino inevitable. Ante una situación así, los gobernantes chinos tratarían de defenderse. Sería una guerra económica, sin armas, pero se trataría de una verdadera confrontación. Si tomas medidas económicas que me perjudiquen, tomaré medidas de represalia. Si me provocas dolor, yo te provocaré más dolor.

Además, aunque la élite gobernante china no quisiera tomar ni la más pequeña medida de represalia (algo impensable dado su historial económico con la Unión Europea, por ejemplo), en la misma media en que se redujera la exportación de bienes chinos, sería necesaria la repatriación de capitales chinos radicados en mercados extranjeros: bonos del estado y acciones. El resultado de eso sería un durísimo invierno económico, la congelación del mercado crediticio internacional incluso entre bancos centrales. El flujo monetario mundial disminuiría a niveles que ahora nos resultarían impensables.

En una situación así, las economías que mejor resistirían este invierno, no serían las economías innovadoras o basadas en la tecnología y cosas por el estilo, sino las economías basadas en mano de obra esclava, y entre éstas las que mejor sobrevivirían serían las economías centralizadas no libres.

Así que dejémoslo claro, ya ahora no podemos zafarnos de este abrazo vampiresco. Porque la acción provocaría una reacción de repatriación de capitales que no podríamos soportar. Y puestos ante una tesitura de detención del flujo monetario a nivel global, serían ellos los que indudablemente saldrían vencedores. Nosotros únicamente sobreviviríamos convirtiendo nuestras economías en pequeñas chinas: economías dirigidas, estatalizadas y esencialmente autárquicas. 

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