sábado, julio 12, 2014

He pasado un día en el monasterio del Paular



Ayer, fiesta de San Benito Abad, me fui a pasar el día al Monasterio del Paular. Como siempre, me encontré con una comunidad acogedora, hospitalaria, que recibe a todos con los brazos abiertos. Allí había gente del pueblo vecino, curas de Madrid y de otras diócesis, fue una fiesta entrañable celebrada entre todos los que nos reunimos en ese bellísimo cenobio: laicos, clero y monjes.
Después de la gran misa, tuvimos una agradable comida, me dediqué a hacer oración en la capilla y a pasear leyendo la Biblia. Qué lugar tan formidable para pasear meditando por sus claustros, corredores y dependencias.



















Todo el tiempo pensaba en los santos cartujos que moraron durante siglos en ese lugar. Yo me siento más cercano a la espiritualidad benedictina, y jamás hubiera tomado sobre mi espíritu el severo yugo cartujano. Pero hay que reconocer que en ese mismo lugar vivieron encerrados en sus celdas hombres no santos, sino santísimos. Cuyos nombres y vidas son desconocidos para todos, pero no para Dios.



















Sin duda, el lugar donde ahora moran los benedictinos, quedó santificado por esos miles de hombres que pasaron durante centurias. Todo ha quedado impregnado de la luz y bondad de sus almas, ese claustro, el refectorio, la iglesia, cada lugar de esa santa casa.



Una y otra vez me imaginaba a los cartujos sentados en sus asientos del coro, salmodiando, concentrados en la alabanza de Dios. Sus huesos descansan bajo la tierra del claustro. Y en verdad que el lugar respira una belleza que no parece de este mundo. Se trata de una belleza espiritual. Allí mi oración personal fluía sola, sin dificultad. 


















Qué impresionante debía ser ese monasterio con más de un centenar de cartujos: hermanos yendo y viniendo, ocupados tranquilamente en sus ocupaciones, sacerdotes voluntariamente confinados en sus celdas, monjes rezando salmos latinos en la iglesia, hermanos legos adorando la Eucaristía. 

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