lunes, julio 14, 2014

Precioso altar de plata


Hoy he escuchado, en su italiano ronco y cortante, a Umberto Eco en una entrevista. Jamás imaginaríamos esa voz al leer sus libros. No sé por qué, siempre le puse una voz aterciopelada y suave. Sin darme cuenta, le imaginé con la voz de Adso. De un Adso ya anciano profesor en Oxford.

Bien, el caso es que este autor contaba que un crítico de arte había escuchado de niño llorar a su padre de noche. ¿Qué sucedía? Su padre estaba leyendo Los Miserables de Victor Hugo. Se trata de una escena impresionante y, como he dicho, real.

Llevo ya varios meses dedicado a mi próximo libro. Una obra larga. En la que me esfuerzo con la ilusión de pensar que será una de las mejores que he escrito. Esto sí que es trabajar en la fe durante miles de horas. Y me quedan más millares de horas en este camino para lograr ese título.

Pero después el libro se nos escapa, vuela, tiene su vida propia. Pone en marcha secuencias de causas y efectos en otros continentes. También vienen después las felicitaciones. Un pago muy escaso para un trabajo tan largo.

Ser escritor en medio de la bancarrota de las editoriales, en medio del hundimiento del mercado de la impresión, es todo un acto de heroísmo. Un acto heroico al que el 95% de los escritores podrían renunciar sin que se resintiese lo más mínimo el mundo de la literatura.

Después, está ese 1% de los autores. Esos son otra cosa.

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