sábado, agosto 30, 2014

Trascoros, canónigos, incienso, girolas, subdiáconos y lectores


¿Por qué escribí los posts de los últimos días? Pues porque me da pena ver la cosa tan grandiosa que eran las catedrales en los siglos pasados y en lo que se han convertido hoy en tantas ciudades. Cuánta gloria daban a Dios con su vida litúrgica.

Hace ya muchos decenios que las catedrales han quedado mudas. Cuántas he visto que, en la práctica, son meros museos. Catedrales en las que sólo hay una o dos misas diarias y las diez o quince misas del obispo a lo largo del año: eso es todo. Nada que ver con la vida que rezumaban en siglos pasados.

Una catedral no es simplemente una iglesia más grande. Debería ser un templo de naturaleza muy diversa a una parroquia. Tendría que ser el órgano donde resonara diariamente la celebración de la liturgia de las horas. El lugar donde a cualquier hora los fieles pudieran ir sabiendo que van a encontrar un sacerdote en el confesonario. El marco de ceremonias diversas: la vida litúrgica no se agota en la misa. El espacio perfecto para grandes pontificales. Y hay que recordar que un pontifical no es simplemente una misa con muchos curas.


Se me dirá que el problema es que no hay sacerdotes. ¿Tenía mucho clero un San Agustín en su pequeñísima ciudad? Por supuesto que no. Pero el obispo se reunía diariamente con su pueblo y su clero para orar a Dios todos juntos, como una familia. Había un gusto por las grandes ceremonias, incluso en esas pequeñas ciudades del norte de África como Hipona. 

Para esto, la falta de clero se soluciona involucrando a los fieles. Siempre hay fieles deseosos de ofrecer a Dios un culto esplendoroso. Incluso se pueden resucitar las órdenes menores que eran órdenes laicales, no lo olvidemos. Cualquier cosa, menos ver a la catedral convertida en un mausoleo mudo.

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