domingo, septiembre 14, 2014

El sacerdocio como esa blancura que transmite este cuadro


Nunca he tenido una visión trágica de mi vida. Mis pecados nunca me han parecido demasiado grandes; mis virtudes tampoco. Estoy seguro de que mis pecados, vistos desde la santidad de Dios, deben ser muy grandes. Pero mentiría si dijera que los percibo así. Mis virtudes tampoco me parecen notables. Me definiría a mí mismo como un hombre honesto. 

La única virtud mía ante la que me saco el sombrero, es mi capacidad para aguantar a unos cuantos mentecatos. Tres de los cuales merecen el rango de capitanes. Esta virtud heroica mía nunca la podré ponderar demasiado.

Otra característica de mi vida es que cuesta entender por qué Dios permite que algunas personas sufran tanto con enfermedades. Enfermedades terribles, largas, muy dolorosas. Hago un acto de fe.

Respecto al Magisterio, hay unos cuantos puntos, pocos, que por más vueltas que les doy, por más que he leído, sólo me queda hacer un acto de fe. No voy a decir cuáles son, no quiero escandalizar a nadie.

Siempre he tenido una imagen bondadosa de Dios. La idea de Él como un juez cruel me es totalmente ajena. No quiero que nadie viva angustiado por su salvación. Los que me escuchan predicar saben que rara vez hablo del pecado. Me suele gustar tocar temas bíblicos.

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