domingo, septiembre 14, 2014

La fuerza es el derecho de las bestias (Cicerón).



Esta foto la coloco aquí, como la de ayer, porque me inspira un sacerdocio recubierto de blancura. Es como si la pureza espiritual que despidiera el sacerdote (en este caso el cardenal de Venecia) fuera más allá del color de las vestiduras que le recubren.

Sigo con lo que escribía ayer, con mis apuntes personales que os comparto, queridos amigos. Cuando en la educación secundaria leíamos las vidas de los grandes prohombres romanos, la parte que más me gustaba (lo digo con toda sinceridad) no eran las batallas o las grandes gestas políticas, sino la etapa (como en el caso de Sila y de los patricios exiliados) en que uno, después de haber trabajado por la república, podía retirarse a su villa en el campo.

La idea de una vida familiar, sosegada y sencilla pegada a la naturaleza, cultivando el propio huerto, me parecía la etapa más deseable de una existencia sobre la tierra. Lo mismo siempre me ha parecido para la vida de los eclesiásticos. Esa etapa final a la que todos estamos abocados, tiene que ser la coronación perfecta de una vida buena y noble.


Eso vale para los próceres romanos, para los grandes prelados y para los pobres presbíteros como yo. En cierto modo, toda mi vida es la persecución de esa culminación en que el río se amansa. Hasta como escritor me consuelo pensando en que será en esos años, y nunca antes, cuando escribiré mi mejor y más sincera biografía. Pero tampoco eso me preocupa lo más mínimo. Lo mejor a lo que puede aspirar un escritor es a la vida misma. Vivir la vida, que tiene un sentido tan distinto del que le dan los vividores. Quizá al final, solamente al final, aprenderemos a vivir.



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