jueves, septiembre 25, 2014

Marcianitos, lo que jugué yo a esa máquina, buf


Si algún día, en un futuro muy lejano, el Estado decidiera perseguir a los sacerdotes, no tendríamos escapatoria posible. Todo está hoy día repleto de cámaras de vigilancia y los programas de reconocimiento facial están avanzadísimos. Por supuesto, no podríamos comprar nada con tarjeta de crédito. Y es posible que al dinero en efectivo le queden menos de diez años.

En los archivos de Hacienda consta donde vives, así como todas tus facturas. El Estado tiene tus números de teléfono. Sabe todas y cada una de las personas a quien llamas, puede intervenir tu correo electrónico.
Sí, en el siglo XXI, será imposible escapar al Estado. La única solución sería encerrarse en casa de un amigo no sospechoso (insisto, no sospechoso) y no salir para nada a la calle: ninguna compra, ninguna llamada, ningún email.

No quiero alarmar a nadie, no pienso que esto vaya a ocurrir en nuestras democracias. Pero, desde luego, no habría donde esconderse. Si algún día ocurriera, yo me escondería en el armario que hace de base al órgano del siglo XVII en Estremera. Es un plan sencillamente perfecto salvo que les dé por quemar la iglesia.


También tengo que mejorar algo el sistema de aprovisionamiento. Los milicianos se extrañarían de ver entrar a tres o cuatro señoras con barras de pan en las cestas. Y más se extrañarían si vienen con muffins, bricks de chocolate líquido y cajas de queso camembert. Además, las señoras dispuestas a ayudarme, para entonces, ya pueden estar por los 130 años de edad. Sí, tengo que mejorar un poco el plan de la logística. Quizá sea mejor que me vaya a Paraguay.

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