miércoles, septiembre 10, 2014

Mi reino por un caballo



















Leía yo algunos artículos periodísticos acerca de varios obispos. Los periodistas siempre se declaran a favor o en contra de un prelado de acuerdo a sus esquemas mundano-populistas. Lo determinante para ellos (y para la mayoría del pueblo infiel) es que un obispo viva con sencillez y que sea cercano a la gente.

Eso no es así. Eso demuestra la cortedad de miras de los que tienen el altavoz mediático en sus manos.

Lo que se busca en un obispo es que sepa gobernar de acuerdo a los criterios de la Sagrada Escritura. Debe regir su rebaño como lo haría Pablo, Bernabé, Santiago o Tomás. Lo que debería buscar la gente es que el obispo fuera un pozo de sabiduría celestial. Lo que deberían comentar los periodistas es la necesidad de que el obispo sea un verdadero escogido entre los más santos presbíteros, un escogido entre los escogidos. No un hombre bueno, sino un faro de santidad. Deberíamos hablar de su vida ascética, de sus obras de penitencia, del tiempo que ha pasa cada año retirado para escuchar la voz del Señor.


Las mandangas ésas de si es cercano o no es cercano, de si ha tenido tal gesto o no, de si es a la pata llana o no, todo eso son memeces, perifollos del envoltorio. Lo que importa es la sustancia. Ser un buen obispo no es un concurso para ver quien gana en esta carrera de ser más campechano.

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