miércoles, octubre 29, 2014

Los hermanos nuestros que ven más allá de donde nosotros vemos


Ayer hablaba de los grandes teólogos. No es lo mismo ser teólogo que obispo, aunque, a veces, una gran figura teológica llegue al episcopado. San Pablo distingue entre los maestros y los pastores. La Iglesia les debe mucho a esos teólogos que descuellan como montañas, montañas de la ciencia de Dios.

Cierto que hemos tenido un cierto número de teólogos en los decenios pasados que han sido famosos y no han guardado la regla de la ortodoxia. Pero me refiero a los que han sigo grandes y fieles, innovadores y ortodoxos. 

Aunque la innovación no necesariamente tiene que ser una de las características del gran teólogo. Uno puede ser grande en la profundización.
Sin esos grandes maestros de la ciencia divina, hoy no tendríamos ni el ecumenismo, ni la paternidad responsable, ni los matrimonios de mixta religión, ni los divorciados podrían vivir juntos como hermanos y comulgar (esa opción no se contemplaba hace doscientos años), ni otras muchas cosas que hoy día damos por supuestas, pero que un día a algunos les parecieron alejarse de los enunciados hasta entonces oídos.

La fe es inmutable, pétrea. La Tradición no puede cambiar. Pero de la Tradición nacen las verdes ramas de la Teología. Los teólogos profundizan en la raya de lo lícito y lo ilícito. Estudiando con cuidado hasta donde se puede llegar, hasta donde conviene llegar, hasta donde Jesús querría que llegásemos.

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