martes, octubre 07, 2014

Obsérvese la sonrisa maléfica de ese angelito mientras sostiene el pomo


Hoy ya no he aguantado más y me he ido a comprar tres pantalones negros. Mi madre hace años se negó a ensancharme la cintura de los pantalones: Así perderás. Si te los retocó no te esforzarás. Bueno, pues así he ido varios años, esforzándome. Pero ha llegado un punto en que ya no podía cerrar el botón superior ni con la mejor de las voluntades. 

Ante esa tesitura, opté por dejar abierto el botón y apretar un poco más arriba el cinturón. Como la camisa que uso es negra (de clergyman) no se notaba. Todo formaba una unidad negra.

Pero en esta vida todo tiene sus límites. Y llegó un día en que este sistema empezó a mostrar sus puntos débiles. Le dejé un pantalón a la madre de una amiga que sabe mucho de costura, católica progresista, pero buena con la aguja. Sin embargo, su ojo experto me dijo que la cintura del pantalón ya no podía ser alargada tanto. El tiempo de los ajustes había pasado ya definitivamente. 

Así que he ido a un supermercado donde me he provisto de pantalones hasta que lleguen los años de las vacas flacas.A veces me consuelo pensando que si cae sobre nosotros una hambruna imprevista, yo sería de los que sobrevivirían. También me consuelo pensando que éste es un estado corporal de naturaleza transitoria.

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