martes, octubre 28, 2014

Teólogos, cultivad la calidad





























Durante los pasados posts, me hizo muchísima gracia cuando una persona (no sé quien es) me envió un mensaje al móvil en el que me decía:
Padre Fortea, a este paso hasta la familia Pujol nos va a preceder en el Reino de los Cielos.

Me arrancó una sonora carcajada. Y es que en todo este asunto no podemos perder la sonrisa y el buen humor. Pero así como le agradecí a este lector que se tomara la molestia de enviarme este gracioso mensaje, no puedo decir lo mismo de otros.


Hay una persona, llamémosla Laura, con la que he hablado infinidad de veces, horas, resolviendo sus dudas de moral y de diversos tipos. Y cuando leyó mis posts, me envío un email en el que me manifestaba su desacuerdo.
Estar en desacuerdo conmigo, no tiene nada de malo. Yo no obligo a estar de acuerdo conmigo. Valoro mucho cuando puedo dar un paseo y charlar con alguien que argumenta los puntos en los que diverge de mis opiniones. Nunca me ha ofendido que alguien no opine como yo.

Pero este caso me dio tristeza. Porque las palabras de Laura, después de tantos años de conversaciones, venían a decir: No tengo nada de lo que hablar contigo sobre este tema. Ya no puedo confiar en ti como alguien a quien le consultaba las cosas.

Por supuesto que no me lo dijo así, fue más caritativa y diplomática. Pero percibí ese mensaje.

Insisto en el hecho de que tenemos que admitir la licitud de que alguien no esté de acuerdo con nuestras ideas. Pero también resulta inevitable que una situación de pérdida de confianza, como la que he descrito, siempre deja un poso de dolor. Las dos cosas son razonables: que alguien disienta, que la pérdida de confianza produzca tristeza.

El remedio a todo esto no está, en mi opinión, en la repetición exacta de las mismas fórmulas, en el acantonamiento en las posiciones más seguras. El rigor siempre ofrece sensación de seguridad al que habla y al que escucha.
Yo tengo muy comprobado en mis conferencias, que el conferenciante que más grita, el más exaltado, el que obliga al oyente a un todo o nada, es el que arranca los aplausos más estruendosos. A las masas no le gustan los matices. Sus mentes quieren un mensaje claro, confirmador.

En mi especialidad, delante públicos sacerdotales, en seminarios, con obispos escuchando a veces, he comprobado como ante ciertas cuestiones delicadas (insisto, de mi especialidad) algunos oyentes meneaban la cabeza. Les parecía que mi discurso admitía componendas, que no era puro. 

Pero he hablado en la confianza de que quizá, entre todos esos oyentes, había un pequeño número de personas que sí que entendían de qué estaba hablando. Y ese pequeño número, algún día, sería el que guiaría a los demás desde sus puestos. Porque las personas que son capaces de ir más allá de los enunciados primarios, del blanco o negro, son los que en el futuro escribirán libros o tendrán cátedras en la universidad.

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