domingo, noviembre 30, 2014

Imaginando mundos, mundos futuros y mundos teológicos


Esos eternos viajes en avión sobre el Atlántico son la ocasión perfecta para recorrer otro trecho de la obra de Borges. Pocas situaciones temporales me parecen más adecuadas que ésas para leer sin prisas a admirado bonaerense. Admirado y querido, porque leer sus líneas es profundizar en su espíritu. Leo a muchos autores, pero a Borges no sólo le leo sino que le quiero. Hasta le hablo porque confío en que su alma está ya con ese Dios al que tanto deseó sin creer.

Viajes atlánticos tan inacabables como las obras que, a veces, me llevó en la maleta. Esas horas de vuelo, insomnes por la noche, han fulminado muchos libros. Hace años, antes de cada viaje, iba a escudriñar las dos bibliotecas de Alcalá y me llevaba algunos libros gruesos, dos o tres. Hace años que los gruesos volúmenes los meto en la maleta en formato digital.

Para un escritor, tengo la ilusión modesta de serlo, es una profunda alegría encontrar que las obras que escribiste las han leído en lejanos lugares del centro del continente americano. Los que me decían que me habían leído tal o cual obra, no saben lo que me animaban. Tantas veces me cuestiono el valor de los miles de horas por delante que voy a dedicar a mi próximo libro. 

No se imaginan hasta qué punto sus comentarios fueron benéficos.

Uno me decía que había leído Cyclus A., otro que había leído mi libro sobre los ángeles (Hist. Mund. Anglico.). Un fraile dominico no sospechó la alegría que me dio cuando me dijo que había comenzado a leer la sinopsis de Neovaticano y que ya tenía la obra descargada. No cuento a los que habían leído Summa D. A veces me pregunto si queda alguien en este planeta que no la haya hojeado al menos. Yo creo que hasta Jomeini debió hacerlo. Os agradezco, bolivianos, el ánimo que me habéis dado. La soledad de mi salón de trabajo en mi pequeño piso tenía necesidad de vuestros rostros, necesitaba ver vuestros ojos.

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