lunes, noviembre 10, 2014

Los idus del otoño del parlamentarismo


La lucha entre el Bien y el Mal en términos grandiosos, bíblicos, en muchos momentos de la vida puede parecer algo excesivo. Como si lo que existieran fueran pequeñas debilidades, pequeñas maldades y cosas por el estilo, y todo fuera comprensible y excusable. En esos momentos, el maniqueísmo parece algo extremado y parece imponerse la idea de que hay que ser condescendiente con todo.

Pero, de vez en cuando, surge el Mal con mayúscula, el Mal que nos deja paralizados y con la boca abierta. Puede ser el 11 de septiembre, puede ser el Califato Islámico o la opresión populista de enteras naciones con su estela de represión y asesinatos, de seres humanos arrojados a las celdas de las prisiones durante años sin término.

Y entonces nos preguntamos qué nos llevó a ello, cuál fue la raíz de ese mal. Y encontramos que los pequeños desórdenes contra la ley divina generaron mayores pecados, y estos verdaderos crímenes, y la suma de crímenes engendraron monstruos.


La suma causas genera grandes efectos. Y la combinación de grandes efectos provoca hechos todavía más grandes. Vivimos un momento del siglo XXI en que hasta el más obtuso se da cuenta de que estamos a punto de que una conjunción de grandes causas provoque cambios más que notables en nuestro mundo. De momento, ante la evidencia de esta realidad, da la sensación de que el reloj va demasiado lento, casi a cámara lenta. Como si diera tiempo a que todos los analistas, profetas y agoreros dieran su parecer, su diagnóstico. Pero después el reloj se acelerará y los monstruos que hemos incubado se liberarán. 

¿A qué me estoy refiriendo con todo esto? Pues me estoy refiriendo a la enfermedad, debilidad y muerte de la democracia. Después de la república, el imperio. Después de Cicerón, el César. Después de la democracia, el hombre fuerte con plenos poderes.

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