sábado, noviembre 01, 2014

Sueño otoñal


He tenido un sueño muy interesante hace dos días. Estoy en el campo de Brasil, me dirijo a una casa de campo, muy grande, de agricultores.

Ya dentro de esa hacienda, hablo tranquilamente con los organizadores de la conferencia que voy a dar. Sé que en otra habitación hay un cadáver. De pronto me acuerdo que puedo aprovechar el peto, una prenda que en la sotana sujeta el cuello romano a la sotana. Aunque dudo, porque no me hace mucha gracia tomar una prenda de ropa de un cadáver. Y eso que sé que el cadáver soy yo. Porque sabía que el muerto era yo.

Finalmente, voy a la otra habitación donde veo que estoy sobre una mesa, boca arriba, vestido con sotana, hierático, inmóvil.

Me acerco y, repentinamente, el cadáver me habla, incluso mueve sus manos hacia mí y yo las tomo en un gesto de cariño, queriendo consolarle. Pero dándome cuenta de que mis palabras son superficiales ante una situación que no admite consuelo posible.

No entiendo lo que dice. Su rostro es el de la muerte, con los ojos hundidos, veo consciencia en esos ojos profundos: sabe que se muere y que no se puede hacer nada. Sus manos están heladas. Me desagrada tocar esas manos frías como el hielo.

Después, el agonizante vuelve a dejarse caer sobre la mesa y el último aliento de vida le abandona. Al verlo inmóvil de nuevo me entra la duda de si el hecho de que me tomara de las manos y tratara de decirme algo, no habría sido una alucinación.

Le pregunto al que está a mi lado: ¿Le has visto?

No le he oído, me responde, pero se ha movido. 

Exactamente, ésas fueron mi pregunta y mi respuesta.


Es un sueño muy inusual. Yo me veo a mí mismo cadáver, con el rostro propio de los agonizantes. Pero no tuve angustia. Lo único que me dio pena era la inutilidad de mis palabras ante lo inevitable. Los ojos del agonizante, que estaba sobre la mesa y que era yo, tampoco transmitían angustia, sino el deseo de agarrarse a alguien, a algo, aun sabiendo que era un esfuerzo inútil.

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